lunes, 25 de junio de 2012

LAS RAICES DE LOS GENEROS PERIODISTICOS INTERPRETATIVOS:PRECEDENTES HISTORICOS FORMALES DEL REPORTAJE Y LA ENTREVISTA



JAVIER DÍAZ NOCI   Profesor de Periodismo. Universidad del País Vasco


1. INTRODUCCIÓN
En la preceptiva periodística parece estar claro que los textos periodísticos, grosso modo, se dividen en textos de información y textos de opinión y que, por tanto, existen dos tradiciones que tienen una marcada influencia en el surgimiento y la consolidación de los géneros periodísticos: la latina y la anglosajona. A la primera corresponderían géneros más marcadamente opinativos o que, como la crónica, mezclan información y opinión en dosis variables, y a la segunda, que parte de una separación más tajante, al menos en teoría, de ambos conceptos (que desembocan en los macrogéneros angloamericanos del story y el commentI), la noticia (también en el origen del periodismo europeo, y no otra cosa ofrecían las gacetas del siglo XVII) y los mucho más tardíos géneros interpretativos (el reportaje y la entrevista), que se "inventaron" en los Estados Unidos en el siglo XIX.
Como ocurre con la famosa regla de las cinco w's, en realidad tendríamos que hablar más bien y en todo caso de una "reinvención", porque las técnicas que se emplean tanto en el reportaje como en la entrevista eran ya conocidas de antiguo. Otros textos y géneros europeos han utilizado recursos retóricos similares. Sin ir más lejos, y por circunscribirnos al verso, los romances y baladas que se producen durante toda la Edad Media en la mayoría de las lenguas europeas. Hasta en una lengua siempre en permanente peligro de desaparición y con tan reducido número de hablantes como el vascuence existen conspicuos ejemplos de utilización de técnicas en los siglos XIII y XIV como las que luego "fabrican" (sin darse cuenta de que en realidad "redescubren") Tom Wolfe y el resto de los adalides del New Journalism. La construcción por escenas, la utilización del diálogo, el cambio de punto de vista por escenas, el subrayado de diversos detalles con valor simbólico o informativo se hallan en, por citar sólo un ejemplo que nos resulta especialmente caro, el Cantar de Bereterretche (Bereterretchen khantoria), una balada vasca que relata la crónica de la anunciada muerte del protagonista en una lejana Semana Santa del siglo XIV (Díaz Noci, 1995:192-196)II.
Como recuerda Leonor Arfuch (1995: 31), en sentido lato "toda enunciación es dialógica", porque "supone siempre un interlocutor". No obstante, parece claro que existen, dentro de los géneros discursivos, unos que dan aún más importancia a la reproducción del diálogo. Uno de los más típicos es la entrevista periodística. Se trata, por lo tanto, más de un recurso retórico, de construcción discursiva, que un valor universal e inmutable más propio de la filosofía. Aunque ambas, Filosofía y Retórica (y la redacción periodística no es, según nuestro modesto entender, sino una retórica especial) estén íntimamente relacionadas, y no es ocioso recordar que Aristóteles así lo explicaba: la Retórica no es sino la ciencia auxiliar de la Filosofía, ya que si ésta es la ciencia o el quehacer humano encargado de hallar la verdad, aquélla es la técnica o el arte (en este caso, como lo eran en las antiguas Grecia y Roma de cuyas tekhne y ars vienen nuestras palabras, estrictamente sinónimos) de ayudar a explicar la verdad. El texto es siempre una construcción; el modo de contar y los recursos que para ello se emplean, lejos de ser algo "natural", que los propios hechos (en este caso, la actualidad noticiosa) imponen, es siempre una elección más o menos arbitraria.
Eso es igualmente aplicable a géneros como los dialógicos (la entrevista periodística, por ejemplo), que se pueden "vender" como la mera reproducción de una conversación "natural". Nada más elaborado, en cambio, que una entrevista. Lo explica claramente Amparo Tusón (1997:17): "tanto el pretender "hablar como un libro" o "escribir como se habla" son posiciones que "no representan más que una vana ilusión". Mientras la conversación cara a cara tiene lugar en un tiempo y espacio determinados, comunes a los interlocutores, la conversación escrita separa a quien ha hecho el texto (y quien ha realizado las declaraciones) y el lector, que por tanto no comparten un mismo contexto físico. La prosodia oral se pierde, y también los rasgos paralingüísticos y extralingüísticos: elementos cinésicos (gestos) y proxémicos (disposición de los cuerpos en el espacio). "El código escrito", añade Amparo Tusón (ibíd.: 27), "está sujeto a una fuerte intervención social" en forma de normas.
Citemos algunos ejemplos más cercanos a nosotros, al menos geográficamente. Séannos lícitas estas referencias a una tradición como la vasca que conocemos bien y que, en cambio, es completamente ignota no sólo para el resto de los habitantes de España, sino para buena parte de los vascos. Es curioso que en culturas supuestamente basadas sobre todo en la oralidad, e incluso sin una variedad lingüística unificada hasta bien entrado el siglo XX como la vasca (y por tanto con una tradición literaria escasa y fragmentada dialectalmente), la entrevista sea un género muy tardío. En concreto, la primera entrevista publicada en vascuence apareció en el semanario donostiarra Argia el 15 de marzo de 1925 y se la hizo el periodista Víctor de Garitaonandía al famoso boxeador Paulino Uzkudun (Díaz Noci (1995: 126-127). Recordemos que ya entonces existe la radio (una de las primeras emisoras de España es Radio San Sebastián, que emitió por primera vez ese mismo año de 1925), y que la entrevista no es un género que se prodigue en exceso en los orígenes. Incluso un fenómeno a menudo tan ligado a la información como el del bertsolarismo o repentización de versos, que a menudo se presenta como ancestral, cuyo origen se pierde, que dirían los cursis, en la noche de los tiempos, y supuestamente consustancial al espíritu del pueblo, comienza en época estrictamente contemporánea, a partir de la Guerra de la Convención (1792) para ser más exactos.
Todo esto no quiere decir que el origen de buena parte de la literatura y sus géneros (y también del periodismo y los suyos, sobre todo si entendemos el término "literatura" sensu lato y no sólo como sinónimo de "literatura de creación") sea oral. El propio origen del cuento, de la novela, de la narración en general, y también de buena parte de la poesía, lo es. Como dice Javier E. Díaz Vera (1999: ix), traductor de una de las sagas islandesas, "en estas obras se busca sobre todo dar forma escrita a una tradición oral". El periodismo, que también es oral en origen, se vuelve luego escrito sobre todo a partir de la imprenta y su posibilidad de divulgación masiva, y son estas formas escritas (de origen si se quiere oral) las que de nuevo devienen bien orales, bien, a través de una elaboración retórica, dialógicas. Pero delatan su inmediato origen escrito: el ejemplo más palpable son las noticias de radio y televisión, que, como resultará obvio no sólo a los profesionales y estudiosos del periodismo sino también a cualquier radioyente o telespectador, muy a menudo (por no decir siempre) se leen porque han sido fabricadas, sin traza alguna de improvisación, por escrito.
Otro tanto puede decirse de otro género de origen aún más oral, si se quiere. Como todo género dialógico, la entrevista es bastante más que la mera transcripción de una conversación. Eso es notorio, sobre todo, en los géneros dialógicos escritos para ser leídos y no representados, aunque en estos, por supuesto, también haya artificio: es conocida la discusión acerca de Celestina (¿es una novela o una obra de teatro?), en la que la balanza se inclina del lado de los críticos que consideran que es una obra pensada para ser leída por un público culto. Su extensión rebasa evidentemente lo razonablemente representable. Los géneros dialógicos e incluso aquellos en que se incorpora la voz de los personajes, como todos los géneros por otra parte pero en contra de lo que más de uno pudiera suponer, son una convención, fruto de un refinado proceso de elaboración, que a su vez exige del receptor estar familiarizado con determinadas técnicas. De ahí que los géneros dialógicos estuviesen en un principio, salvo que se destinasen a la representación oral pública como el teatro, destinados a elites cultivadas y desde luego letradas.
Como han recordado diversos autores (entre ellos Cantavella, 1999: 67), las primeras entrevistas en Europa (y en España) se publicaron en 1880. En Estados Unidos se produjeron ya a mediados del siglo XIX, aunque la primera conocida la publicó James Gordon Bennet Jr. en el New York Herald en 1836 (Martínez Vallvey, 1995: 72; Sylvester, 1997: 26). En cuanto al reportaje periodístico, en principio fue un género propio de las revistas gráficas o magazines: Life, Look, Time, Paris Match... También apareció -y se forjó- en algunas revistas científicas (National Geographic Magazine, por ejemplo). En esa corriente de los newsmagazines la publicación paradigmática es Time. Tanto es así, que muchas veces en Estados Unidos se denomina al estilo propio del reportaje interpretativoTimestyle. Time surgió en 1923, de la mano de Luce y Hadden. Un año antes, en 1922, en un folleto previo decían lo siguiente: "Time recogerá las noticias más destacadas que aparezcan en la mayoría de los diarios y periódicos importantes del mundo, aquellas que tengan un interés general. Serán un centenar de artículos, y cada uno constará de unas 400 palabras. Cada texto estará situado en un determinado lugar de la revista, dispuestos y ordenados según un método predefinido". Por tanto, concedían gran importancia a la organización de la información. La concisión y la objetividad eran otros dos pilares. En definitiva, detrás de esa mentalidad se halla el liberalismo: "Tener bien informado al hombre", ése era su objetivo. Había que presentar datos, no opiniones (al principio, Time no publicaba editoriales), aunque pronto los propios impulsores de la revista se vieron obligados a confesar que "como bien saben los periodistas, sin embargo, la neutralidad total sobre las noticias de gran importancia y notorio interés público es imposible, y aceptan que existen determinados juicios previos que condicionan el modo en que se presentan las noticias". Por tanto, la objetividad liberalista del principio dio paso al concepto de interpretación. Aunque el reportaje en sí es bastante anterior, en realidad es en 1923 cuando se acuña el concepto de interpretative reporting. 
Ambos, entrevista y reportaje, que habitualmente solemos catalogar entre los géneros periodísticos interpretativos, son de origen claramente anglosajón. ¿Carecen ambos géneros de precedentes históricos? ¿Inventan una técnica completamente nueva o incorporan recursos ya empleados en otros géneros, si no periodísticos, sí al menos literarios? Cabe pensar que no, que reportaje y entrevista se basan en modelos y técnicas preexistentes, y que esos modelos y técnicas hay que buscarlas sobre todo -aunque no únicamente- en la tradición más que anglosajona, y por ser algo más amplios, en la tradición literaria de las lenguas germánicas (entre las que, con sus muchas particularidades latinizantes, la mayoría adquiridas a partir del siglo XII y del dominio normando de las Islas Británicas, hay que incluir al inglés). Se ha hablado bastante, aunque nunca suficientemente pues el campo es inagotable, de las fuentes clásicas grecorromanas. Nosotros hablaremos de la otra tradición europea, que por supuesto no se produce aisladamente de la otra y algo debe a la cultura grecolatina, sobre todo a través de un influjo tan poderoso como el de la Iglesia católica, capaz de llegar a confines tan remotos del mundo (en realidad, en aquel entonces el verdadero Finis Terræ) como Islandia, la Ultima Thule. Naturalmente, una indagación exhaustiva de todos esos orígenes históricos supondría un esfuerzo ímprobo, que, aun en el supuesto caso de que pudiese hacerse, rebasaría ampliamente estas breves páginas. Aquí lo que se pretende es algo bastante más modesto: fijar nuestra atención en unos cuantos textos de esa tradición literaria de las lenguas germánicas en cuya redacción se emplearon técnicas que hoy nos resultan significativamente familiares en reportajes y entrevistas.
En concreto, esta breve investigación se detendrá, por separado, en las sagas islandesas, relatos veraces en los que siempre se utiliza la narración tercera persona y las declaraciones de personajes en pos de una mayor "objetividad"; en los reports judiciales del mundo jurídico de la Common Law, que ya algunos autores han señalado como precedentes de algunas técnicas que luego se desarrollan en los géneros periodísticos interpretativos, en concreto el reportaje (que toma su nombre de ese género judicial), tradición que claramente se contrapone a la latina, cuyas sentencias se caracterizan precisamente por pertenecer más al género argumentativo (emparentado con los géneros periodísticos de opinión; véase, por ejemplo, nuestros dos primeros capítulos en Armañanzas y Díaz Noci, 1997) que al informativo-interpretativo (desde el punto de vista técnico, al menos; la teoría jurídica es otra cosa y en este momento no nos incumbe); y, finalmente, nos fijaremos en las Conversations with Ben Jonson de William Drummond (1619), como antecedente directo de la entrevista. No sin cierta paradoja, porque el "entrevistado" Ben Jonson, contemporáneo y amigo de William Shakespeare, fue el primer escritor que se ocupó en dos de sus obras (la mascarada News from the New World discover'd in the Moon y la comedia The Staple of News) de zumbar la badana a los primeros periodistas europeos, a quienes no parecía tener en muy alta estima y cuyo estilo criticó abiertamente por creerlo falto de objetividad y peligroso en la formación de la opinión pública. 
Buena parte del material utilizado para este texto se obtuvo durante nuestra estancia durante el curso 1998-1999 como profesor invitado de la Universidad de Oxford, becado por la Sociedad de Estudios Vascos. Durante esta estancia en tierras inglesas también aprovechamos para desplazarnos por unos días, en abril de 1999, a Islandia y visitar la Biblioteca Nacional y Universitaria (Landsbókasafn Íslands-Háskólabókasafn) y el Instituto Árni Magnússon (Stofnun Árna Magnússonar á Íslandi) de Reykjavík.  
 
 
 
2. ANTECEDENTES DE LA TÉCNICA DEL REPORTAJE: LAS SAGAS ISLANDESAS
Se ha citado a menudo a determinados clásicos grecorromanos como antecedentes del periodismo (en realidad, historiadores todos ellos). Así, en la primera tesis sobre periodismo de que tenemos noticia, la presentada por Tobias Peucer en 1696 en la Universidad de Leipzig, se citan varios modelos entre los que destaca Luciano de Samosata, novelista e historiador y el primero que explícitamente se esfuerza en separar los relatos sobre hechos verídicos de los relatos de ficción. 
Ya en la Europa medieval, más que los latinos los islandeses, y todos los escandinavos en general, eran reputados historiadores (o cronistas, si se prefiere). Por citar sólo dos ejemplos, ahí está laHeimskringla del islandés Snorri Sturluson o la Gesta Danorum del danés Saxo Gramático, de la que Shakespeare tomó la historia del Hamlet (Amloði)III. Las sagas islandesas, escritas sobre todo entre los siglos XIII y XV, han sido a menudo consideradas monumentos literarios de excepcional valor histórico y, sobre todo, literario, de elevada originalidad sin parangón en todo el mundo occidentalIV. Jorge Luis Borges fue uno de los primeros escritores de lengua española que pusieron de manifiesto el valor de este género cuyo "estilo es breve, claro, casi oral", sin que haya"análisis de los caracteres, los personajes se muestran en los actos y en las obras", en las que "el autor no comenta lo que refiere". Características que, por cierto, hoy en día se siguen predicando de los textos periodísticos informativos e interpretativos, sobre todo del reportaje. "Este procedimiento", concluía Borges, "da a las sagas un carácter dramático y prefigura la técnica del cinematógrafo (…). El [realismo] de las sagas corresponde a la observación imparcial" (Borges y Vázquez, 1980: 87).
Según una opinión hoy día muy cuestionada, Borges asegura categóricamente que "este arte comenzó siendo oral", como lo demuestra el hecho de que el término islandés saga esté relacionado con el alemán sagen y el inglés say, "decir". Sin embargo, las características antes enunciadas (estar escritas en una prosa cercana al estilo oral, prescindir de todo lo que no sea una caracterización objetiva de los personajes y estar basadas en hechos y personajes reales), lejos de ser "naturales" son fruto de una depurada técnica, tan depurada que se nos convierte en casi transparente, de la misma manera que se dice que en fútbol el mejor árbitro es el que pasa desapercibido, pero por supuesto existe y dirige el partido. Volviendo a la supuesta oralidad de las sagas, la mayoría de los estudiosos actuales considera que "aunque con toda seguridad existen breves historias, anécdotas y datos diversos tomados de la tradición oral, el proceso de redacción de las sagas se entiende hoy más bien como un auténtico proceso de creación" (Bernárdez, 1988: III). En similares términos se expresa Jónas Kristjánsson (1988: 203-204). Enrique Bernárdez añade que, siendo "una creación escrita típicamente medieval", los autores de las sagas construyen una "estructura narrativa de nuevo cuño", a base de episodios, "no siempre enlazados de forma evidente", en la que incluso se utilizan técnicas de flash back y flash forward, tramas paralelas e interrupciones para presentarnos el trasfondo histórico. Que las sagas no son la mera puesta por escrito de una tradición oral previa lo demuestra, precisamente, el hecho de que estén escritas -al contrario que los romances y baladas históricos del Continente europeo de los mismos siglos- en prosa, es decir, sin emplear ese procedimiento mnemotécnico que es la rima. Las sagas, por tanto, estaban hechas para ser leídas en silencio o, más seguramente, de viva voz.
El hecho de que se basen en hechos y personajes reales no quiere decir que tengan un propósito histórico, de levantar acta de acontecimientos pasados: son, como recalca María Pilar Fernández Álvarez (1999: 58), "ante todo obras de ficción". Puesto que el acento no debe ser puesto en su mayor o menor cercanía a la realidad, sino en la técnica realista empleada, la mayoría de los estudiosos de este género literario escandinavo dedica numerosas páginas a glosar el estilo. La "objetividad" de las mismas es lo primero que se pone de manifiesto.
Los personajes rara vez son introducidos a través de una explicación del narrador. Éste cuenta siempre los hechos en tercera persona, sin digresiones psicológicas: narra lo que ve, lo que hace o dice un personaje o lo que los testigos del evento le han contado. Esta característica, que se da en casi todos los tipos de saga (aquí nos referimos sobre todo a las íslendinga sögur o sagas de los islandeses), se acentúa en las llamadas samtíðarsögur o sagas contemporáneas, en que los autores han sido testigos de los hechos que narran, aunque sea en detrimento de la mayor elaboración formal que ostentan otras sagas. Si se acepta (Kristjánsson, 1988: 208) que la saga, aunque un género del todo escrito, toma elementos de tradiciones orales preexistentes, se comprenderá la importancia de esta técnica. Dejemos que lo explique el profesor Kristjánsson con sus propias palabras:
In consequence everything had to be seen through the eyes of witnesses, heard through the ears of people present at the scene. This appears to be obvious where reports of contemporary events are at issue, but the method was transferred and applied to the reporting of past events as well. And gradually the method becomes so engrained that the way of telling a story is the same whether a traditional oral report actually lies behind the account or not.
Significativamente, Jónas Kristjánsson utiliza las palabras report y reporting, que entonces tenían un significado más amplio y hoy se utilizan sobre todo para denominar la técnica periodística interpretativa del reportaje. No es de extrañar que esto fuese así precisamente en un pueblo de tan fuerte y original tradición jurídica como Islandia, ya que el report es un género que debe su idiosincrasia en buena medida a un determinado género jurídico del que la tradición latina carece, como veremos en el siguiente epígrafe. El de las sagas es, por tanto, un estilo "objetivo", cuyos personajes se caracterizan por su humanidad, y por tanto están sujetos a contradicciones. Al contrario de lo que sucede en otros géneros literarios europeos del Medievo, en el que los personajes son más bien "moldes", compendios de virtudes o defectos. Ni siquiera esa contradictoria humanidad se produce en lo que se supone es uno de los modelos de la saga islandesa, la historiografía latina. Los historiadores romanos rara vez aplican un cambio o una evolución en la personalidad de sus biografiados (Kristjánsson, 1988: 211).
En cuanto a la lengua, Bernárdez la califica de "estilo conversacional", cercano a lo coloquial y, por eso mismo y aunque parezca una paradoja, con un rasgo de modernidad, "la alternancia de estilo directo e indirecto". Se combinan asimismo los tiempos verbales en presente y en pasado. Se prefiere la yuxtaposición a la subordinación; los adjetivos apenas se utilizan. "Aunque el lenguaje pueda aparecer a primera vista sencillo (ausencia de subordinación, expresiones coloquiales, concisión y sobriedad), la estructura interna está muy lejos de serlo", recalca Fernández Álvarez, "complejidad estructural [que] coincide con el nacimiento de un público lector" (Fernández Álvarez, 1999: 59). En realidad, los propios islandeses rechazan que la lengua de las sagas sea totalmente oral o coloquial, aunque no esté muy distante del idioma que emplean cotidianamente. Lo cierto es que a medida que el latín, a través de los libros eclesiásticos sobre todo, afectaba al lenguaje culto (el del Derecho, por ejemplo), hasta desarrollar lo que se denomina un "lenguaje libresco", la reacción a la hora de elaborar géneros literarios propios para consumo popular fue exactamente la contraria, es decir, buscar un modo de expresión puramente nativo. A ello contribuyó sin duda la reducida población de la isla y su aislamiento del Continente.
Otro rasgo particularmente interesante del lenguaje de las sagas es el uso del diálogo. Por supuesto, esta técnica no fue ni inventada ni utilizada exclusivamente por los islandeses, aunque sí fueron ellos los que en aquel lejano tiempo más comúnmente la usaron. Se trata, nuevamente, por más "natural" que parezca, de una técnica muy depurada, que surge relativamente tarde. En las sagas más antiguas, como la Guðmundar saga dýra, hay muy poco diálogo. No será hasta mucho más tarde, en las íslendinga sögur, cuando se extienda esta técnica. Se basa, como ha puesto de manifiesto el profesor Kristjánsson (1988: 213-214) en las vidas latinas de santos, aunque la técnica dialógica la desarrollan los islandeses de forma desconocida hasta entonces. Su teoría es que "as soon as something has happened, people fashion it into an anecdote or report, often with a memorable remark or speech at the centre of it. With each re-telling, that utterance is improved, made still more forceful or mordant".
A pesar de su originalidad, los autores de las sagas islandesas en realidad desarrollan algunas técnicas que ya existían en otros géneros de la tradición escrita latina, como la historiografía y la hagiografía. No en vano las sagas se producen después de la conversión de Islandia al cristianismo, en torno al año 1000. Las sagas no existían en la Noruega del siglo IX, de la que parten los primeros colonos que ocupan Islandia, pertenecientes en su mayoría a la nobleza. Su mérito es redactar este nuevo género en su propia lengua, tomando por tanto como modelo primordial la lengua hablada, contribuyendo así, de paso, a su unidad y gramaticalización, tal como se hizo en latín (Kristjánsson, 1988: 212), y aplicar esas técnicas a relatos literarios que toman como materia prima la realidad. En realidad, no otra cosa pretenden hacer -a estas alturas del texto el lector ya se habrá percatado de la sorprendente similitud entre ambos géneros- los reportajes periodísticos. 
 
 
 
3. LA INFLUENCIA DE LA RETÓRICA JUDICIAL DE COMMON LAW EN LAS FORMAS INFORMATIVAS DIALÓGICAS
La influencia de la retórica judicial en los géneros dialógicos, incluso en la literatura de creación, es antigua y se halla fijada sustancialmente, al menos en lo formal, ya en la Edad Media. De las funciones de la Retórica clásica, que la Iglesia (San Agustín tiene algo que ver en ello) difunde tras la caída del Imperio romano, los géneros dialógicos se utilizan para docere. Su intención es, por tanto, más bien didáctica. Se reconocían a su vez tres técnicas dialógicas: la pregunta-respuesta o método catequético, el debate o intercambio de argumentos entre interlocutores "y una conversación que expone un tópico concreto tratando de aclarar sus pormenores" (Sola, 1988: 60). Aunque las tres técnicas aparezcan aún hoy en día en la entrevista periodística, la primera es la que predomina.
Este género literario, del que hay ejemplos en toda Europa, fue muy popular en los siglos XII y XIII, era conocido por los nombres de altercatio, debat, estrif o disputa y hundía sus raíces en algunos poetas latinos tardíos, como Teócrito y Virgilio. A este género se adscriben, por ejemplo, en la Península Ibérica La disputa de l'ase de Anselm Turmeda, y en Inglaterra The Owl and the Nightingale, del siglo XIII. Ambas, y esto es sumamente importante, están escritas en vernáculo y no en latín, por lo que "la perspectiva convencional mejora, dada la vitalidad, imaginación y sentido del humor que el coloquialismo de la lengua aporta", dice Ricardo Sola del poema inglés (pero creemos que puede aplicarse a otras producciones similares escritas en las diferentes lenguas de Europa). Y añade que así se "crea un nuevo estilo utilizando el habla de cada día, y poniendo el énfasis en la actualidad del tema, aportando un pensado realismo en la referencia a escenas comunes de la época" (Sola, 1988: 61). Seguro que si lo aplicásemos a la entrevista periodística las palabras empleadas serían exactamente las mismas.
Hay algo todavía más significativo, y es lo que nos permite afirmar que existe una continuidad entre una tradición literaria propia, aunque con antecedentes latinos, que también existe en el resto de Europa, y la entrevista que se produce en el mundo de habla inglesa a través de un trasfondo jurídico, de una tradición legal propia que, dejando aparte lo material, formalmente está muy alejada de lo que se hacía en el Continente. Ricardo Sola lo pone de manifiesto refiriéndose de nuevo a The Owl and the Nightingale, ya que, en su opinión, "uno de los rasgos más llamativos del poema es el trasfondo legal que subyace y que era característico del género en lengua vernácula (…) en definitiva un esquema bien delineado, con un cuidadoso equilibrio entre el aspecto alegórico y el elemento narrativo" (Sola, 1988: 60). Eso es precisamente lo que distingue a la tradición literaria inglesa de otras de raíz latina: su querencia, incluso cuando se habla de lo más abstracto, complicado o elevado, de lo más técnico y elitista, por lo real y cotidiano. "My mistress, when she walks, treads on the ground", que dijo Shakespeare en uno de sus sonetos. Incluso el Derecho, que en el resto de Europa sigue los patrones latinos primero y más tarde franceses, tras las codificaciones napoleónicas, es en el mundo de habla inglesa tremendamente práctico, empírico y apegado al suelo firme.
El uso de la propia lengua para todo tipo de usos, cultos o no, explica en buena medida todo lo que estamos exponiendo. El estilo se hace deliberadamente accesible a capas amplias de la población, al pueblo llano si se quiere. Un siglo y medio antes de que Martín Lutero sentase las bases del alemán moderno al traducir la Biblia, John Wyclif vierte en Oxford las Sagradas Escrituras a su idioma inglés. "Wyclif (…) elige un estilo simple, sencillo, de frases cortas y directas, eliminando adjetivaciones innecesarias y sutilezas lógicas", asegura Ricardo Sola (1988: 80). Y, de nuevo, esas y no otras características son las que desde que se ha enseñado a escribir con correcta prosa periodística (y no hace falta recordar que los primeros manuales acerca del newswriting están escritos en lengua inglesa) se postulan como inherentes a la retórica del arte, u oficio, qué más da, del profesional de la información.
Por tanto, existe la técnica del reportaje antes incluso de que la palabra exista (al menos en castellano) o se use con la acepción actual: report, vocablo que se emplea en inglés, significa tanto nuestro "reportaje" como "informe burocrático referentes a infracciones administrativas o judiciales", que es exactamente la acepción que tiene la palabra catalana report, de la que proviene a su vez la antigua española "reporte", que adquiere más bien la acepción de "cuento, chisme", según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua de 1817. Incluso en inglés, idioma en que reportse documenta, con el significado de "informe judicial" y también de "chisme", ya en Chaucer en 1386, adquiere el significado con el que hoy lo conocemos en los medios de comunicación en fecha tan tardía como 1869, aunque reporter (que es también y sobre todo un "informante" en general, e "informante judicial" en particular) se documenta con el sentido actual de reportero en 1797, como título de periódico, y un año después para designar a la persona encargada de buscar y elaborar informaciones periodísticas. Es más, durante un tiempo, seguramente para evitar anfibologías, se reservan report y reporter para el mundo judicial y se prefiere el galicismo reportage (que, por otra parte, ya se había utilizado y en 1608 caído en desuso para nombrar los informes judiciales) para lo que hoy denominamos en español y por supuesto a través del francés así, "reportaje". Esta palabra, como las otras formas que examinamos, provienen del latín portare, "portear" o "transportar", a la que se añade el prefijo re-. "Reportaje" no se usa en español (o, al menos, no se admite), con el actual significado de "información periodística" hasta bien entrado el siglo XX: se recoge en elGlosario de afronegrismos de Fernando Ortiz (La Habana, 1924) como galicismo, del francés reportage, documentado por primera vez en 1907, y éste del inglés report, y volvemos así al punto de origen del vocablo. "Reportero" (traducción del inglés reporter) no se recoge en un diccionario de la RAE hasta 1936 (datos tomados del Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana de Joan Corominas).
Si el origen de la palabra "reportaje" parece judicial, es de suponer que el del propio género periodístico también hunda sus raíces, al menos técnicamente, en el report jurídico. Eso es aún del todo palpable en el sistema jurídico de la Common Law, que se crea en la Edad Media y que, al contrario que la tradición jurídica continental (basada en la ley escrita y que se reformula a partir de las reformas napoleónicas), ha permanecido sin variaciones apreciables en su estructura hasta nuestros días. En efecto, en el sistema anglosajón la ley no remite a un conjunto de normas codificadas y escritas, sino que son aquellas pautas que se infieren de las decisiones judiciales. Los jueces no emiten "sentencias" como en nuestro sistema, sino decisiones que otros miembros de la profesión jurídica ponen por escrito: son los llamados reports, y quienes los redactan, se habrá ya adivinado, son los reporters. 
En Inglaterra, por ejemplo, la law reporting o publicación de los precedentes se remonta a 1282. El género queda establecido en la segunda época, entre 1573 y 1863, que es cuando comienzan los repertorios privados de recopilaciones: un resumen (una "entradilla") encabeza el report, seguido de los alegatos, en estilo directo generalmente, de las partes, para acabar con la conclusión del juez. Las declaraciones de los testigos se incluyen igualmente. El texto no es único (el de las sentencias continentales, en cambio, sí lo es, es el texto que sale de la mano del juez o tribunal correspondiente): puede haber varios reports de un mismo caso, ya que varias empresas privadas compiten entre sí por vender las recopilaciones, y no se pretende abarcarlo todo, sólo lo más sustancial. Cualquiera que haya tenido la oportunidad de comparar un report de cualquier jurisdicción de la Common Law y una sentencia de cualquier país (incluido España) que siguen el sistema latino o continental comprobará la enorme diferencia retórica que separa a uno y otro texto: el primero, a pesar de pertenecer al registro culto, no se detiene en tecnicismos innecesarios, se dedica más a relatar los hechos concretos -que, se supone, han de hablar por sí solos- y menos las normas abstractas, incluye pasajes narrativos y dialógicos, y en general está redactado de manera más clara, concisa, resumida e inteligible. La parte central es "una relación completa del caso propiamente dicho, en la que se narran todos los hechos y pormenores de las actuaciones necesarias para entender el sentido de la decisión del tribunal" (Iturralde, 1995: 187). De ahí que existiese, y exista, en el mundo anglosajón una tradición culta, pero no necesariamente tecnicista, ducha en la relación de hechos pormenorizados y en la utilización de técnicas retóricas apropiadas, que luego se aprovecha en el periodismo. 
 
 
 
4. LA PRIMERA "ENTREVISTA" INGLESA
Si un género periodístico se ha ganado como ninguno la fama de ser cercano al lector, oyente o espectador (según el medio sea impreso o audiovisual), tanto en temática como sobre todo en estilo y lengua, ésta es la entrevista. No conviene, sin embargo, perder de vista dos datos: a pesar de ser de origen oral, en principio una "conversación transcrita" (aunque un tipo muy especial de conversación, en la cual generalmente los interlocutores no desempeñan el mismo papel ni tienen igual importancia) es un género que nace para la prensa, es decir, codificado y escrito. Y es, además, uno de los más tardíos. El periodismo se llevaba practicando como tal al menos desde principios del siglo XVII y se conocían la crítica, el comentario, el ensayo, el artículo, incluso el editorial, dentro de los géneros de opinión, y la noticia y el reportaje dentro de los informativos, cuando apareció la entrevista.
Como ya se ha apuntado, parece que la primera entrevista periodística que puede ser claramente definida como tal fue publicada en los Estados Unidos en 1836. Hacia 1890 el género está claramente definido y es reconocido públicamente en Estados Unidos (en Europa habrá que esperar hasta bien entrado el siglo XX, para que, especialmente tras la Primera Guerra Mundial y por influencia de los modelos estadounidenses, tome carta de naturaleza), como lo demuestra el artículo que ese año, bajo el título de "El arte de la entrevista", publica Frank A. Burr en la Lippincott's Magazine(Sylvester, 1997: 28). Sin embargo, varios autores se refieren a antecedentes de la literatura inglesa bastante anterior que merece la pena tener en cuenta. Por ejemplo, el ensayista inglés James Boswell, quien a finales del siglo XVIII escribió la Vida del doctor Samuel Johnson, en la que introduce pasajes de conversaciones mantenidas con él. En realidad, como luego veremos, existe al menos otro texto que puede ser considerado más bien un prototipo de entrevista, aunque no se edite en un periódico (éstos no surgirán en Inglaterra hasta años más tarde), porque reúne buena parte de las características que hoy definen la entrevista periodística. Nos referimos a las Conversations que William Drummond, de Hawthornden, mantuvo con el dramaturgo Ben Jonson en 1619.
Por supuesto, no se emplea la palabra "entrevista" o, en inglés, interview. "Entrevista" es en español, como ocurre con "reportaje" o incluso con su precedente "reporte", una palabra relativamente reciente. Por supuesto lo es con su acepción actual de "género periodístico dialogado", que sólo se impone después de los años 20-30 de este siglo, y aún así conviviendo durante tiempo con los anglicismos interviú (todavía se edita hoy una revista con ese nombre) e interviuvar, pero también en su significado más general, que sólo se acepta a partir de la edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua de 1817. La palabra se toma del francés entrevue (documentada por primera vez en 1498), de donde pasa al inglés (hacia 1514, para designar una ceremonia cortesana especial; la acepción común de "encuentro entre dos personas" la adquiere en 1603 y al mundo del periodismo pasa en 1869) y de ahí, siglos más tarde, de nuevo al resto de los idiomas (especialmente, aunque no sólo, los latinos; de nuevo véase, por ejemplo, el neologismo vasco de aproximadamente las mismas épocas el sustantivo elkarrizketa y, ya en nuestro siglo, el verboelkarrizketatu, compuestos de elkar, "entre", e hizketa, "conversación"). Todavía es más reciente el verbo "entrevistar", a partir del sustantivo, lo mismo que en el inglés to interview (véase la entradaver en Corominas). 
Es claro que el modelo de la entrevista es el género literario del diálogo clásico, cuyo paradigma son, sin duda, los Diálogos de Platón. Aunque se trate más bien de los discursos de Sócrates, que como se sabe nada escribió, en los que no aparece sino su voz, nunca la de quien recoge sus palabras, su discípulo Platón, por más que éste utilice la técnica de hacer hablar a su maestro como si dialogase con un interlocutor, diferente en cada caso. En la prensa ilustrada se utilizó con profusión el género dialógico, aunque suele tratarse de diálogos ficticios: por ejemplo, el que aparece en 1811 en el periódico El Peruano de Lima, titulado "El invisible o Diálogo que tuvo con el editor". Con variantes, aún hoy se utiliza el género del diálogo, incluso en los medios: por ejemplo, el libro así titulado, Diálogos, que recoge los que mantuvieron Jorge Luis Borges y Luis Osvaldo Ferrari ante los micrófonos de la radio argentina en los años 80 (Barcelona: Seix Barral, 1992). Pero la diferencia con la entrevista es sustancial: mientras en los diálogos ambos interlocutores expresan sus opiniones y se mantienen, más o menos, a un mismo nivel, en la entrevista periodística típica el periodista está al servicio del entrevistado y del público, a quien únicamente importan, en principio, las palabras del personaje a quien se hace la entrevista. El entrevistador hace las preguntas y busca obtener las respuestas del otro, nunca es objetivo de la entrevista (o no debe serlo, al menos) expresar las ideas y opiniones del periodista.
Pues bien, eso es lo que hizo William Drummond en su Conversations with Ben Jonson. El texto fue redactado en 1619, durante la visita que el dramaturgo le hizo en su casa de Hawthornden con motivo del viaje a pie que hizo a Escocia ese año. Drummond aprovechó para preguntarle sobre la mayoría de los escritores ingleses contemporáneos, entre ellos Shakespeare, muerto sólo tres años antes y buen conocido de Jonson, y otros escritores clásicos, de Homero y Virgilio a Petrarca y Ronsard. El texto no fue publicado en vida de su autor, y hubo de esperar casi cien años para ver la luz. Un resumen del mismo, reescrito y clasificado de acuerdo a los intereses del recopilador, fue dado a la luz por John Sage y Thomas Ruddiman en The Works of William Drummond, en Edimburgo en 1711. Mucho más tarde se publicó la obra de forma completa, a partir no del manuscrito de Drummond, perdido, sino de una copia fiel del mismo que sacó sir Robert Sibbald a finales del siglo XVII, copia que fue publicada por primera vez en 1833 por David Laing y que sirvió de base para ediciones posteriores, hasta llegar a la considerada canónica y mejor fijada del texto, la incluida por C. H. Herford y Percy Simpson en su edición de las Complete Works de Ben Jonson (Oxford: Clarendon Press, 1925-1952).
En estas Conversaciones (Drummond no las tituló así, se limitó a anotar como encabezamiento Informations be Ben Johnston to W. D. when he came to Scotland upon foot, 1619. Certain Informations and maners of Ben Johnsons to W. Drumond; como vemos la palabra "información" la repite dos veces) el entrevistador desaparece. Ni siquiera constan sus preguntas, que se sustituyen en ocasiones con anotaciones al margen que indican el tema de las respuestas, generalmente el autor al que Ben Jonson se refería, del tipo "of ye translation of Homer & Virgill" u "of Shakspear" [sic]. Tampoco aparece citado en las palabras de Jonson, salvo en un par de ocasiones: "He recommended to my reading Quintilian", dice en un pasaje, y en otro pasaje "titulado""Censur of Hautho<n>de<ns> verses" se refiere necesariamente a sí mismo, en tercera persona, como uno de los autores que Jonson critica, y no en términos especialmente benévolos, por cierto.
Eso no quiere decir que estas notas de conversaciones estén redactadas en estilo directo: William Drummond se refiere a él en tercera persona ("that he had ane jntention…", "his judgement was…", "he cursed Petrarch…", etc.). Por supuesto, esta "entrevista", o precedente de la entrevista, no fue publicada en periódico alguno: el primer periódico inglés, semanal, que por cierto el propio Ben Jonson criticará en su comedia de 1626 The Staple of News (El comercio de noticias), no verá la luz hasta 1622. Lo que hace de estas Conversations with Ben Jonson un claro precedente de la entrevista periodística, mucho más que los refinados y cultivados diálogos de Boswell con Samuel Johnson, es el hecho de que comparta aspectos técnicos con el actual género periodístico, que ya hemos visto, y que además se refiera a temas de actualidad: como hoy en día, el autor de la entrevista, William Drummond en este caso, aprovecha la visita de un famoso para hacerle una serie de preguntas referidas a temas de interés y actualidad. 
 
 
 
5. CONCLUSIONES
Las técnicas que más tarde se emplearán en los géneros periodísticos interpretativos se utilizaban ya en la Edad Media, y se desarrollan sobre todo en géneros literarios y jurídicos propios del área anglo-germánica. La fuerte tradición retoricista deriva en los países latinos más hacia el convencer que hacia el narrar. Lo contrario sucede en los países anglosajones, donde se prefiere que los hechos hablen por sí solos, y por tanto han de emplearse técnicas que objetivicen el relato. Éste, por supuesto, no deja de ser una construcción retórica, un "artefacto", si se prefiere, aunque desde luego da una mayor impresión de realidad y conduce, merced sobre todo a la utilización de esas técnicas, a que el común de los lectores, de la audiencia, reconozca esos textos o discursos como algo más cercano a sus vivencias cotidianas, aunque los hechos que se les narren hayan ocurrido lejos en el tiempo o en el espacio.
El periodismo no hace sino retomar esas técnicas, que nunca habían muerto en la tradición anglosajona, y darles nueva vida. Su originalidad reside en insuflarles esa vida nueva, más que en crear nadaex novo. Como en el caso de aquellos géneros medievales y renacentistas que hemos examinado, el éxito del empeño es evidente: hoy por hoy, el periodismo y sus técnicas, empleadas ya en tantas y tantas novelas, basadas o no en hechos reales, es la literatura más popular en nuestros días. 
 
 
 
NOTAS
       I.            Ya se sabe, "facts are sacred, opinions are free", en palabras de Charles A. Dana. O, como decía Benjamin Day, director del periódico The Sun de Nueva York cuyo lema era toda una declaración de principios democráticos, en el mejor de los casos, o de extrema candidez, en el peor de ellos: "Solet lucet omnibus".
    II.            Una magnífica traducción de esta balada o romance vascongado puede leerse en la antología de Jon Juaristi Flor de baladas vascas, en la colección Visor de Poesía. 
 III.            La Gesta Danorum ha sido recientemente traducida y publicada en español. En cuanto a la saga de Amloði, ha sido publicada por Lena Stiessel: Amloða Saga. Á sænsku. Stockholm: Almqvist & Widsell, 1994.
IV.            En español tenemos, entre otras, las muy curiosas y breves sagas de los groenlandeses (Grænlendinga saga) y de Eirik el Rojo (Eiríks saga rauda), las referidas a la llegada e intento de colonización de lo que luego sería América y ellos llamaban Vinland ("Tierra de viñas") por parte de islandeses, en traducción de Antón y Pedro Casariego Córdoba publicada en 1983 por la editorial Siruela, y más recientemente la Saga de las Islas Orcadas, publicada en 1999 por la editorial Minotauro de Barcelona en traducción de Javier E. Díaz Vera, quien también publicó en 1998 la Saga de los Volsungos. Aunque el número de traducciones al español es mucho más pobre que en otras lenguas, como el francés o, sobre todo, el inglés, disponemos en nuestro idioma de algunas de las más conocidas sagas entre los propios islandeses, cuyo idioma apenas ha cambiado desde que en el siglo X llegaron a la inhóspita isla que hoy es su hogar, que todavía hoy leen asiduamente y recomiendan a todos sus huéspedes: la Nials saga (Saga de Nial), y Egils saga (Saga de Egil Skallagrímsson), ambas en traducción de Enrique Bernárdez. Otras sagas menores, junto con varios ðættir o historias individuales más breves, han sido igualmente traducidas por Bernárdez en la asequible colección Austral de Espasa-Calpe bajo el título genérico de Sagas islandesas. Una de las sagas contenidas en la monumental Heimskringla de Snorri Sturluson, la Saga de los ynglingos, ha sido traducida al castellano por Santiago Ibáñez Lluch y publicada por Tilde en 1997. Del mismo traductor y editorial se publicaba un año más tarde una saga atribuida a otro gran escritor escandinavo, el danés Saxo Gramático: la Saga de Ragnar Calzas Peludas. De otras sagas muy conocidas, por ejemplo la Laxdæla saga, existen ediciones asequibles en inglés, la mayoría publicadas por la Everyman´s Library y Penguin Books. Todas ellas pertenecen al grupo de las sagas históricas, cuya técnica narrativa es más "periodística" sin dejar de ser bellamente literarias.
   V.            El libro recoge los ya editados en otros volúmenes anteriores: Borges en diálogo: conversaciones de Jorge Luis Borges con Osvaldo Ferrari, Libro de diálogos y Diálogos últimos, publicados entre 1985 y 1987.
BIBLIOGRAFÍA
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ARMAÑANZAS, Emy y DÍAZ NOCI, Javier (1997): Periodismo y argumentación. Géneros de opinión. Bilbao: Servicio Editorial Universidad del País Vasco.
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CANTAVELLA, Juan (1996): Manual de la entrevista periodística. Barcelona: Ariel.
CANTAVELLA, Juan (1999): "Textos dinámicos y atractivos para un periodismo cambiante. Aproximación a las tendencias de futuro en los géneros periodísticos", en Estudios sobre el Mensaje Periodístico, nº 5. Madrid: Universidad Complutense, págs. 63-75.
DÍAZ NOCI, Javier (1995): Kazetaritza-idazkuntzarako eskuliburua: informazio-generoak [Manual de redacción periodística: géneros informativos]. Bilbao: Universidad del País Vasco
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FERNÁNDEZ ALVAREZ, María Pilar (1999): Antiguo islandés, historia y cultura. Madrid: Ediciones Clásicas. 
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TUSÓN VALLS, Amparo (1997): Análisis de la conversación. Barcelona: Ariel

viernes, 4 de mayo de 2012

LA OPINION PUBLICA.


PRIMERA PRACTICA CALIFICADA.

HAGA UNA LECTURA DEL TEXTO Y SINTETICE LAS IDEAS PRINCIPALES EN UNA CARAILLA DE PAPEL BOND A 4



I Concepto

El término opinión pública es en realidad más antiguo de lo que inicialmente se piensa. Es un término que ha tenido y tiene una variedad muy grande de definiciones, a tal punto que hace más de treinta años el profesor Harwood Child había encontrado, después de una copiosa recopilación, que se manejaban cincuenta definiciones en la literatura especializada. Por ello, Phillips Davison, profesor de la Universidad de Columbia en su artículo “Opinión Pública” para la International Encyclopedia of the Social Sciences, señalaba en forma pesimista que “no hay una definición generalmente aceptada de opinión pública”. Pese a ello el término se ha utilizado con mayor frecuencia. El mismo reconoce que los esfuerzos por definir el término han llevado a expresiones de frustración tales como que la opinión pública “no es el nombre de ninguna cosa, sino la clasificación de un conjunto de cosas”1. Algunos fueron más allá, como Jean Padioleou quien irónicamente señalaba que a la “opinión pública le ocurre como a los elefantes: puede ser difícil definirlos, pero es muy fácil reconocer uno” o cuando sostiene que a “la opinión pública le sucede lo que al diablo, debe existir puesto que pronunciamos su nombre”2.

Muchas de estas diferencias están sustentadas en el hecho que algunas definiciones colocan el acento en relación con los marcos de referencias conceptuales en que se sustentan. Por ejemplo:

• Desde una perspectiva racional y voluntarista, Ferdinand Tönnies (1902) entiende: “Opinión pública como conglomerado de puntos de vista, deseos y propósitos diversos y contradictorios, y opinión pública como potencia unitaria, expresión de la voluntad común”.

• Desde una perspectiva mental-estereotipada, Walter Lippmann (1922) sostiene que: “Las imágenes que se hallan dentro de las cabezas (...) de los seres humanos, las imágenes de sí mismos, de los demás, de sus necesidades, propósitos y relaciones son sus opiniones públicas”.

• Desde una perspectiva liberal-democrática, Hans Speier (1950) entiende: “por opinión pública (...) las opiniones sobre cuestiones de interés para la nación expresada libre y públicamente por gentes ajenas al gobierno, que pretenden tener el derecho de que sus opiniones influyan o determinen las acciones, el personal o la estructura de su gobierno”.

• Desde una perspectiva crítica-normativa, Jürgen Habermas (1962) señala que: “Opinión pública significa cosas distintas según se contemple como una instancia crítica con relación a la notoriedad normativa pública, ‘representativa’ o manipulativamente divulgada, de personas e instituciones, de bienes de consumo y de programa”.

• Desde una perspectiva sistémico-informativa, Otto Baumhauer (1976) sostiene que: “La opinión pública es el producto del proceso transformativo de información introducida en el sistema abierto de clima de opinión pública”3.

• Desde una perspectiva psicosocial, Elisabeth Noelle-Neumann (1974) construye una definición operativa en la que sitúa la opinión pública como “las opiniones sobre temas controvertidos que pueden expresarse en público sin aislarse”4.

• Desde una perspectiva de la ciencia política, Giovanni Sartori (1987) sostiene que la opinión pública es ante todo y sobre todo un concepto político. Para el investigador italiano la opinión pública es “un público, o multiplicidad de públicos, cuyos difusos estados mentales (de opinión) se interrelacionan con corrientes de información referentes al estado de la res pública”5.

Para otros, parte de la confusión conceptual dominante tiene que ver con el hecho que hay una variedad de especialidades que han intentado estudiarlo. Para el derecho y ciencia política la opinión pública es una abstracción que permite verificar el sistema político democrático; en cambio para algunos enfoques de la sociología se trata de un instrumento del control social; y, para otros especialistas, la opinión pública no es más que una categoría formal bajo la que se clasifica los resultados de los sondeos de opinión pública.

Estas y otras disciplinas académicas, sin reconocerse y más bien ignorándose entre ellas, han moldeado sus propias concepciones y métodos de acercamiento. Por ejemplo, la opinión pública no es –como muchos políticos y juristas pretenden de buena fe– una institución democrática de la sociedad. Ello porque la opinión pública no sólo tiene una entidad política, no siempre es plural, no sólo se encuentra en sociedades democráticas, por sólo señalar algunas características que se le quiere atribuir6.

Estamos hablando pues de un objeto de estudio que desde ya debe ser abordado de manera interdisciplinaria. Así lo proponía el profesor alemán Jürgen Habermas décadas atrás en su famoso trabajo Historia y Crítica de la Opinión Pública7.

II. Teorías de la opinión pública

Si las variadas concepciones conviven y debaten académicamente, todas ellas se han nutrido de diversas posturas teóricas construidas históricamente. Y es que la expresión opinión pública que se usa actualmente, se remonta a mediados del siglo XVIII. No obstante antes de aquel momento se manejaban términos parecidos como opinión común, opinión popular, voluntad general, vox populi, etc. que hacen referencias indirectas sobre la opinión pública.

De esta manera, Protágoras hace referencia a “creencias (opinión) de las mayorías”, Herodoto de la “opinión popular”, Demóstenes de la “voz pública de la patria”, Cicerón habla del “apoyo del pueblo” y Tito Libio de la “opinión unánime”. Pero, como es sabido, son los filósofos griegos quienes hacen los mayores aportes y precisiones. Platón, hace por ejemplo una separación entre doxa (opinión) y epistema (ciencia), es decir el saber del vulgo, frente al auténtico conocimiento de la ciencia reservado a una minoría. En cambio, para Aristóteles la doxa es solo un conocimiento probable, de esta manera, el hombre para opinar no requiere acudir a la ciencia, pues posee el criterio del sentido común, de sus experiencias directas y de las comprobaciones empíricas8.

Pero la Edad Media cambiará los términos de las referencias antes planteados por el de la fe y que no serán abandonados sino con el Renacimiento. Será Nicolás Maquiavelo, en El Príncipe, quien desarrollará las ideas básicas de la comunicación política entre gobernantes y gobernados. Más tarde, Hobbes señalará que la conciencia se convierte en opinión, nivelando los actos del crear, del juzgar y del imaginar, en tanto Locke, habla de la Ley de la opinión, de gran importancia como la Ley divina y la Ley estatal. Ella no es otra cosa que la idea que de uno tienen los demás. De los fisiócratas, Mercier de la Riviere, en 1767, expondrá su doctrina de la opinión señalando que quien manda no es el rey, sino el pueblo a través de la opinión pública.

Pero quien utilizará por primera vez el término opinión pública será J.J. Rousseau, quien desde 1750 se preocupará sistemáticamente del poder que reviste9. En medio de esta preocupación, la revolución francesa será el movimiento histórico que permitirá que se traslade el monopolio de la opinión pública por parte del pequeño círculo de los ilustrados, a manos del pueblo. Pero será el liberalismo el que articule de manera más precisa una teoría de la opinión pública. Desde el comienzo de la escuela clásica con Adam Smith, David Ricardo y otros defenderán el régimen de opinión frente al despotismo. Cada uno de sus representantes aportarán elementos favorables para el desarrollo de las libertades individuales, entre ellas las de opinión. Frente a este planteamiento se eleva la concepción marxista. Para Marx y Engels, no existe una opinión pública general que nace en la sociedad civil, sino una opinión que pertenece a la clase dominante. Por ello, para el marxismo la ‘falsa conciencia’ se condensaría en la opinión pública oficial10.

En el siglo XX, quienes se interesarán por la opinión pública serán los que comparten las tesis de la sociología del conocimiento (Max Scheler, Karl Mannheim, Robert K. Merton, P. Berger y T. Luckmann, entre otros), para quienes el individuo aislado en pocas oportunidades crea, de manera individual, opiniones. Pero, otras relaciones sociales, distintas a las de clase (religión, grupo étnico, nacionalidad, grupo político, etc.), pueden ser determinantes en la construcción de las opiniones de los individuos11.

III. Principales conceptualizaciones contemporáneas
de la opinión pública

Si bien hay un número importante de académicos contemporáneos que han reflexionado sobre el tema de la opinión pública es el proveniente del mundo alemán el que en los últimos tiempos ha aportado el liderazgo intelectual en esta materia. Las grandes tendencias podrían clasificarse gruesamente en la perspectiva político valorativa de Jürgen Habermas, la antropológico social de Elisabeth Noelle-Neumann y la sociopolítica funcionalista de Niklas Luhmann. No siendo éstas las únicas, son las que han marcado los estudios y las reflexiones más interesantes sobre el tema.

A. La perspectiva política valorativa: el diálogo democrático

Jürgen Habermas, es heredero de la tradición normativa de la opinión pública en la que han transitado desde Platón, Maquiavelo, Hume, Locke, Rousseau, Tocqueville, Bentham, entre otros. Todos ellos, de una u otra manera se han preocupado de la relación entre gobernantes y gobernados, los derechos ciudadanos, el diálogo político, etc. Es decir, de las condiciones precisas para hablar de un sistema político democrático. Esta es una línea de reflexión que proviene de la tradición del derecho, la filosofía y la ciencia política. Por ello, trata de vincular la existencia de un Estado democrático con la legitimación popular de la opinión pública. Distingue entre una opinión pública real o crítica, que permitirá hablar de un Estado democrático auténtico y una seudo opinión pública o manipulada que no es más que la triste realidad cotidiana que muestran, en opinión de Habermas, la mayoría de las democracias formales, en donde hay una carencia de mediaciones críticas en la comunicación política. Frente al reduccionismo positivista que se expresa en la asociación de la opinión pública con los sondeos, Habermas reivindica la opinión pública como el resultado de un diálogo racional y plural.

B. La perspectiva antropológica: el mecanismo sicosocial

En la orilla opuesta a la de Habermas se encuentra Elisabeth Noelle-Neumann. Para la profesora alemana la opinión pública debe ser explicada como un hecho social, desprovista de categorías normativas que la analizan a partir de lo que debería ser y no de lo que realmente es. El esfuerzo debería centrarse en describir y analizar a la opinión pública tal y como se presenta, sin pretender asociarla a ningún tipo de valoración, por más justa que ésta parezca o pretenda ser. Ella considera a la opinión pública como un conjunto de comportamientos que constituyen la expresión de las mentalidades y actitudes de las colectividades sobre temas de cualquier índole. Así las opiniones están ligadas a tradiciones, valores, prejuicios o modas antes que posturas racionales ligadas a los aspectos político-institucionales. En su teoría del Espiral del Silencio señala que las personas están atentas a las opiniones de su entorno para construir la suya. De alguna manera, ésta se encuentra dependiente de aquella, basada en el profundo temor al aislamiento, es decir, sometidos a la presión social. Dicho mecanismo sicosocial está presente en el ambiente social del que no puede escapar el individuo. Los que se encuentran en minoría, en relación a sus opiniones, las silenciarán antes de recibir el rechazo y la sanción social. La investigadora analizó empíricamente este comportamiento a partir de sondeos de opinión por muchos años en su Institut für Demoskopie, en la ciudad alemana de Allensbach.

C. La perspectiva sociopolítica funcionalista: el haz de luz

Una tercera perspectiva es la que encabeza Niklas Luhmann. Para este también profesor alemán, la opinión pública es la estructura temática de la comunicación pública, en la medida que es esta estructura común de sentido la que permite una acción intersubjetiva en un sistema social. Esta posición, que está a mitad de camino entre las dos anteriores, considera que si bien la opinión pública es un aspecto particular de la interacción social, tiene presente las funciones políticas del fenómeno y traduce el consenso de un reconocimiento de unos temas de interés general. Es, en otras palabras, la tematización común que permite el diálogo político-social.

Para Luhmann las sociedades contemporáneas son cada vez más complejas, como consecuencia de la mayor especialización y diversificación funcional. Este proceso creciente podría hacer estallar el propio sistema, en la medida que los individuos perciben cada vez menos dicha complejidad –menos aún la globalización–, tendiendo por lo tanto a regirse por criterios muy particulares y minifundistas. Ante esta situación el sistema demanda un mecanismo reductor que canalice las fuerzas centrífugas sicosociales, produciéndose de esta manera las observadas simplificaciones globalizantes. Es este papel funcional el que le consigna Luhmann a la opinión pública. A ésta el autor alemán la identifica como un espejo, en la medida en que no es más que el reflejo de los pocos observadores. Es decir, “el medio y las formas de la opinión pública no son nada más que la mirada auto-referencial que los protagonistas de la opinión pública se dirigen a sí mismos y a sus actuaciones. Dicho ‘espejo social’ también podríamos compararlo con un ‘cañón de luz’ o un ‘haz de luz’ que focaliza y concentra la atención en un escenario”12. La mirada se concentra en un solo punto, así no sea éste relevante, permitiendo que todos compartan un tema en común.

Para Luhmann la opinión pública cumple también una función política, pero distinta a la otorgada por Jürgen Hebermas. Se convierte en la base de la democracia, pero no por una valoración ética, sino por razones pragmáticas, en la medida que permite una interconexión entre las personas que por lo menos tienen ciertos temas básicos que compartir, que en caso contrario, la estructura social carecería de sentido. En la percepción luhmanniana los medios y el Parlamento cumplen el papel de ser simplificadores de la complejidad.

IV. Público y opinión pública

El término público tiene también a varios sentidos. Ya se señaló, líneas arriba, que la ambigüedad del término opinión pública, según algunos autores, deviene de estos varios sentidos del público. Existe una acepción legal que se centra en la idea de “apertura”, en el sentido de ámbito abierto a todos (plaza pública, lugar público, juicio público, etc.), en contraste al de la esfera privada. Un segundo sentido, desarrollado por el derecho y el poder público, es el otorgado por la relación con el Estado. Es decir, en el sentido de los asuntos relacionados con el bienestar general. Por último un tercer sentido, sociológico, coloca el énfasis en que el individuo no desarrolla su vida hacia adentro, en su intimidad, sino hacia afuera dirigida no sólo a otras personas sino también a la sociedad como un todo13.

Los públicos están compuestos –dicen Gerth y Mills– por gente que no está en relación cara a cara, pero que, sin embargo, manifiestan intereses similares, o está expuesta a estímulos semejantes, aunque más o menos distantes”. Público es, entonces, aquella pluralidad de personas que constituyen el soporte de la opinión pública. A diferencia de otras pluralidades, como masa, muchedumbre o multitud, este término incorpora implícitamente, valoraciones positivas14. Por lo tanto, sólo el público es portador de opinión pública. Es por ello que, “cuando el público deja de ser crítico –sentencia R.E.Park–, se disuelve o se transforma en multitud”15. Una característica, por lo tanto, del público es el desacuerdo, la diferencia en los intereses similares. La investigación de la opinión pública permite desprender que existe un contínuo que va de masa a público, en las siguientes formulaciones colectivas:

a) El público en general. Es el que corresponde a aquellos que consideran al público como a la totalidad de la población. Allport, en el primer número de la prestigiosa revista Public Opinion Quarterly (1937), se define decididamente en esta concepción y que ayudó a las prácticas de las encuestas. Existía detrás de esta concepción, la idea democrática de la inclusión de todos los miembros de la sociedad. El problema es que de este universo sólo un porcentaje –que varía en el tiempo y de una sociedad a otra– está interesado e informado de las cuestiones públicas.

b) El público que vota. Es una de las más comunes operacionalizaciones del público, siendo el resultado de las elecciones –para quienes la defienden– la mayor visibilidad de la opinión pública en un sistema de democracia representativa. Pero, este colectivo indiferenciado representa, en EEUU por ejemplo, sólo a la mitad de la población apta para votar. Pero, muchas evidencias señalan que muchos electores, particularmente en sistemas de voto obligatorio, realizan el acto de votar sin información e interés en la campaña que los convoca.

c) El público atento. Es aquel sector de la ciudadanía que está informado e interesado en los asuntos públicos y que conforma la audiencia de las élites públicas. D.J.Devine, señala cinco medidas para reconocer al público atento: el interesado en política en general, el interesado en campañas electorales, el que habla de política, el que se expone a las noticias políticas de los medios y el que lee sobre política en revistas16. En muchos casos, sin embargo, es un público pasivo, aunque más activo que los anteriores.

d) El público activo. Es un grupo más pequeño, que sale del público atento. Su compromiso con los asuntos públicos es intenso, incluyendo aspectos formales de participación política, como informales pero de manera muy activa (debates y discusiones públicas). Normalmente a este grupo se le denomina élite, e incluye gente tan variada como líderes políticos, funcionarios gubernamentales, creadores de opinión, entre otros. Todos ellos participan y compiten en una suerte de mercado de opinión en donde buscarán conseguir seguidores y conversos.

Si bien este último grupo tiene una influencia mayor que el resto (algunos dirán desproporcionada), merecen la atención de los medios y son los actores de la comunicación política, no se debe dejar de lado a los espectadores de la misma, en la medida en que en la interacción de ambos grupos se encuentra la formación y el impacto de la opinión pública.


V. Distinción entre opinión pública y opinión publicada

Un sistema político democrático exige un constante conocimiento de lo que piensa la ciudadanía, la opinión pública. Pero, la opinión es “pública”, en dos sentidos. En primer lugar por ser la “opinión compartida”, la opinión de la mayoría y en segundo lugar, por ser una “opinión publicada”, gracias a que se publica17.

A estas alturas vale la pena hacer una distinción de estas dos asociaciones que se prestan comúnmente a confusión. La opinión pública es un juicio más o menos generalizado entre la población respecto a los asuntos que son de conocimiento colectivo. Se estima que la opinión pública expresa un grado de legitimidad acerca del gobierno, sus actos, así como de las demás instituciones. Su fuerza radica en las acciones de permanencia y cambios en las actitudes del gobierno y –algunos argumentan incluso– en el grado de control sobre ellos. “La opinión pública del público” u opiniones del público, es un proceso cuantitativo de adición de opiniones. Es una opinión pública que se suma; la “opinión pública del público” es la de una gran mayoría, susceptible de ser medida por encuestas.

La opinión pública, por el contrario, es una noción cualitativa, es una opinión pública autorizada, es una opinión pública que se publica. Incluso para algunos autores la opinión pública es la de una minoría que tiene medios específicos y directos para hacerse oír por el público, a través de los voceros de opinión pública. La opinión pública es una dimensión del poder político. En esta medida los medios (de comunicación) pueden desempeñar un papel reforzador de la legitimidad o cuestionador de la misma.

Para aclarar este punto es quizá necesario distinguir, entre opinión pública y opinión privada. Mientras que la primera incide en los temas de interés público, la segunda hace referencia a las opiniones de los particulares. De esta manera, así un particular tenga una relevancia política o social (ej. un columnista de prensa) y publique sus opiniones, éstas no pasan a ser la opinión pública. Lo que sí puede representar es una corriente de opinión, aunque no toda opinión publicada es representativa de una corriente de opinión. A la inversa, no todas las corrientes de opinión de una sociedad se tienen que ver necesariamente reflejadas en opiniones publicadas en los medios de comunicación. Por lo tanto, el agregado de las coincidencias de las opiniones privadas no son equivalentes a la preocupación colectiva. Pero, en general los temas sobre los que se crean corrientes de opinión relativamente firmes, presentan una doble condición de repercusión personal y colectiva (medidas de protección y seguridad, control de la natalidad, p.ej.), en la que un individuo opina como ciudadano, como padre de familia, miembro de una organización política o religiosa. De tal manera que en algunas oportunidades una persona tiene opiniones duales, cuando lo hace en consonancia con un grupo y cuando lo hace a partir de defender sus intereses particulares.

VI. Los factores componentes de la opinión pública

De las varias clasificaciones es interesante la propuesta por el profesor Bernard C. Hennessy en su libro “Opinión pública”, para quien los factores o componentes de la opinión pública se pueden agrupar de la siguiente manera18:

• La presencia de un tema. La opinión pública se forma alrededor de un tema o conjuntos de temas públicos que se encuentran en el tapete y que ocasionan posturas contrapuestas.

· La naturaleza del público. Hay muchos públicos volcados hacia diferentes focos de interés. Cada tema genera su propio público, aunque en muchos casos algunos individuos se sitúen en diversos públicos.

· Un complejo de creencias del público. Se trata de la distribución de las opiniones sobre un tema. Hay que tener en cuenta que algunas creencias y sólo algunas son mutuamente excluyentes entre sí. Ellas están en función de las actitudes y experiencias anteriores, como de la complejidad del tema. Algunos temas homogenizan públicos y otros no. Este conjunto se denomina “complejo de creencias”. En política suele presentarse una situación dicotómica: posición de mayoría y de minoría.

· La expresión de la opinión pública. Resulta desde los medios de comunicación de toda su variedad hasta los gestos, mímica y todos los códigos simbólicos.

· El número de personas involucradas: en cada caso el número es diferente y quizá incierto; lo importante es que el número sea capaz de producir algún efecto.

Estos componentes son básicos para entender los complejos pasos que conforman la estructuración y cambios en la opinión pública.

VII. La opinión pública en el orden político

Más allá del debate sobre el concepto de opinión pública, se encuentra el hecho que su desarrollo está ligado íntimamente a un sistema político preciso, y este no puede ser otro que uno basado en un régimen de derecho. No existe opinión pública en Estados autocráticos, ello debido a que el debate público es inexistente. Sólo existe la voz oficial, que es rutinariamente favorable al gobierno. Se manifiesta la opinión pública de la opresión, no de la expresión. En estos casos se pueden desarrollar opiniones privadas que suelen extenderse en condiciones de represión, hasta un momento en que puedan expresarse e irrumpir libremente, en forma de cambio de régimen por medio de un proceso transicional o revolucionario, como ocurrió en Chile de Pinochet, en 1989, y en Europa del este, el mismo año.

El sistema democrático requiere de la opinión pública en la medida que es un elemento importante en la supervivencia del sistema. Por esto algunos autores consideraban como una de sus funciones la vigilancia y control de la vida política. Por lo tanto, la democracia y la opinión pública se necesitan y complementan mutuamente. Por un lado la democracia, garantiza los derechos y libertades de los ciudadanos, especialmente la libertad de opinión y expresión. Y, por otro, la opinión pública desarrolla una conciencia colectiva que participa, vigila y expresa sus puntos de vista sobre los temas de interés general. Como bien recuerda Monzón19 “los controles, manipulaciones y obstáculos que se pongan a la opinión pública repercutirán necesariamente en el desarrollo democrático de la sociedad”.

Si el sistema democrático gira alrededor de una fluida relación entre gobernantes y gobernados, con reglas de juego previamente estipuladas, son las elecciones el momento en que encontramos al “pueblo gobernante”. Pero, las elecciones no son sino la cristalización de un proceso que la envuelve, que es la formación de la opinión pública. Es decir, las elecciones se convierten en el medio para llegar a un fin particular, el “gobierno de opinión”, que no es otra cosa que un gobierno “sensible y responsable para con la opinión pública”20.


Vocablos de referencia:

Campaña electoral
Encuestas electorales
Participación política
Sistemas políticos

Bibliografía:

Dader, José Luis: El Periodista en el Espacio Público. Bosh Casa Editorial, Barcelona, 1992.
Gómez, Luis Aníbal: Opinión Pública y Medios de Difusión. Ciespal/Fundación Friedrich Ebert. Quito, 1982.
Habermas, Jürgen: Historia y Crítica de la Opinión Pública. Gustavo Gili, Serie MassMedia, 2da. Edición. Barcelona, 1981.
Monzón, Carlos: La opinión pública: Teorías, conceptos y métodos. Tecnos, Madrid, 1987.
Noelle-Neumann, Elisabeth: El Espiral del Silencio (Opinión Pública. Nuestra piel social). Paidós Comunicación 62. Barcelona, 1995.
Price, Vicent: La opinión pública. Esfera pública y comunicación. Paidós Comunicación, No.62. Barcelona, 1994.
Reynié, Dominique: “Las cifras en la política moderna”. En Ferry, Wolton y otros: El nuevo espacio público. Gedisa Editorial. Barcelona, 1995.
Rivadeneira, Raúl: La opinión pública. Análisis, estructura y métodos para su estudio. Trillas, cuarta edición. México, 1995.
Rovigatti, Vitaliano: Lecciones sobre la ciencia de la opinión pública. Ciespal/FFE. Quito, 1981.
Sartori, Giovanni: Teoría de la Democracia, 1. El debate contemporáneo. Alianza Universidad No. 566. Madrid, 1988.
Tuesta Soldevilla, Fernando: No sabe/No opina (Medios y encuestas políticas). Fundación Konrad Adenauer/Universidad de Lima. Lima, 1997.

Fernando TUESTA SOLDEVILLA

NOTAS

1 Noelle-Neumann, Elisabeth: El Espiral del Silencio (Opinión Pública. Nuestra piel social). Paidós, Barcelona, Comunicación 62, 1995. Pág. 84.
2 Otros fueron más allá como Georges Gallup quien declaró que “la opinión pública es algo muy simple: lo que miden los sondeos” o Rovigattil cuando señala que “el significado de la expresión opinión pública no ha sido uno solo en el tiempo; se ha usado y se usan promiscuamente expresiones consideradas erróneamente como sus equivalentes: opinión común, espíritu público, opinión general, voluntad general, opinión popular, voluntad popular. Rovigatti, Vitaliano: Lecciones sobre la ciencia de la opinión pública. Quito: Ciespal/FFE, 1981. Pág. 64.
3 Citas tomadas de Carlos Monzón (La opinión pública: Teorías, conceptos y métodos. Tecnos, Madrid, 1987. Pág. 136), quien tomando en cuenta a estos y otros autores ensaya una definición de opinión pública: “la discusión y expresión de los puntos de vista del público (o los públicos) sobre los asuntos de interés general, dirigidos al resto de la sociedad y, sobre todo, al poder”. Raúl Rivadeneira (La opinión pública. Análisis, estructura y métodos para su estudio. México: Trillas, cuarta edición, 1995. Pág. 63) hizo lo propio años antes cuando sintetizando varias definiciones sostuvo que la opinión pública era “el fenómeno sicosocial y político que consiste en la discusión y expresión libres, de un grupo humano, en torno a un objeto de interés común”.
4 Noelle-Neumann, Elisabeth: op. cit. pp. 88.
5 Sartori, Giovanni: Teoría de la Democracia, 1. El debate contemporáneo. Alianza Universidad, No.566, Madrid, 1988. Pág. 118.
6 Dader, José Luis: El Periodista en el Espacio Público. Bosh Casa Editorial, Barcelona,1992. Pág. 21.
7 Habermas, Jürgen: Historia y Crítica de la Opinión Pública. Gustavo Gili, Serie MassMedia, 2da.edición, Barcelona, 1981. Págs. 37-39.
8 Monzón, Carlos: op.cit. pp.16.
9 Noelle-Neumann, Elisabeth: op.cit. pp. 112.
10 Dader, José Luis: op.cit. pp. 116.
11 Ibid. pp. 118.
12 Ibid. pp. 107.
13 Noelle-Neumann, Elisabeth: op.cit. pp. 86-87.
14 Rovigatti, Vitoriano: op.cit. pp. 130.
15 Price, Vicent: La opinión pública. Esfera pública y comunicación. Paidós, Barcelona, Comunicación, No.62, 1994. Pág. 44.
16 Ibid. pp. 59.
17 Reynié, Dominique: “Las cifras en la política moderna”. En Ferry, Wolton y otros: El nuevo espacio público. Barcelona, Gedisa, Barcelona, Editorial, 1995. Pág. 181.
18 Citado en Gómez, Luis Aníbal: Opinión Pública y Medios de Difusión. Ciespal/Fundación Friedrich Ebert, Quito, 1982. Pág. 116-122.
<!--[if !supportLists]-->19 <!--[endif]-->Monzón, Carlos: op.cit. pp. 150.
<!--[if !supportLists]-->20 <!--[endif]-->20 Sartori, Giovanni: op.cit. pp. 116.

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